sábado, 23 de marzo de 2013

El artículo 155 Código Penal



Este artículo señala expresamente:

"Los hijos deben:

1. Obedecer a los padres mientras permanezcan bajo su potestad y respetarles siempre.

2. Contribuir equitativamente, según sus posibilidades, al levantamiento de las cargas de la familia mientras convivan con ella."

De dicho artículo podemos deducir tres obligaciones claras de los hijos (hijos matrimoniales, no matrimoniales o adoptivos), obligaciones que surgen como correspondencia al contenido afectivo de la relación paterno filial: en primer lugar, los hijos están obligados a obedecer a los padres mientras permanezcan bajo su patria potestad; en segundo lugar, los hijos están obligados a respetar a sus padres siempre; en tercer lugar, los hijos están obligados a contribuir equitativamente, según sus posibilidades, al levantamiento de las cargas de la familia mientras conviva con ella. 

sábado, 2 de febrero de 2013

Educar es enseñar a vivir


Si hay alguna tarea importante que podemos hacer los padres es educar a nuestros hijos. Educar es algo serio, que merece nuestra entrega. Pero ¿sabemos realmente qué significa educar? Muchos estudios y reflexiones se han hecho a este respecto; me quedo con una: educar es enseñar a vivir y posibilitar que nuestros hijos sean felices. 

Nadie como los padres, de quienes los hijos lo necesitan todo, para demostrarles constantemente el amor que les tenemos, pues esto es lo único que les sostiene y les da seguridad, y para transmitirles nuestra experiencia y el sentido de la vida. La mirada de los padres es un espejo para los hijos. La mirada que sobre ellos tengamos les producirá un efecto imborrable, pues se reconocen en los ojos paternos y en el juicio que de ellos proyectemos. Lo más valioso que un padre puede dar a su hijo es su tiempo, tiempo de juego, tiempo de escucha, tiempo juntos. 

Un aspecto realmente difícil de lograr es la obediencia. Enseñar a obedecer es preparar para ser libre. Educar la libertad es enseñar a aceptar la realidad, es aprender a decidir y a asumir la responsabilidad de las decisiones tomadas. Los hijos lo aprenden todo de los padres. Ya lo dijo Einstein: «Dar ejemplo no es la principal manera de influir, sino la única». Muchas son las teorías, las reflexiones, las sugerencias, pero tan solo dos son esenciales: afecto y tiempo, eso sí, juntos.

(Carmen Sánchez Maíllo, secretaria académica del Instituto de Estudios de la Familia de la Universidad CEU San Pablo)

jueves, 17 de enero de 2013

Errores más comunes de los padres al hacer los deberes con sus hijos


Más allá del debate sobre si los alumnos tienen que hacer o no deberes en casa, lo cierto es que realizar las tareas escolares fuera del horario lectivo es un pilar del sistema educativo en España. Muchos defienden que los deberes refuerzan los aprendizajes de clase, que ayudan a crear hábitos de trabajo, superación y disciplina y que refuerzan la concentración y la memoria. Es una labor y una responsabilidad de los hijos, pero los padres también cumplen un papel: el de vigilar, apoyar y seguir que los chicos cumplan las tareas y resolver sus dudas, pero nunca, nunca hacerles los deberes. 


Los deberes son una responsabilidad asumida por muchas familias. El 80% de los alumnos en Primaria recibe ayuda de sus padres para hacer las tareas escolares y el 45% de los estudiantes en Secundaria, según una encuesta elaborada por TNS Demoscopia. Pero, sin duda, ayudar a los hijos a realizar los deberes puede ser motivo de tensión y conflicto en casa, incluso puede suponer una gran carga, sobre todo, para muchos padres que trabajan y les falta tiempo de dedicación a los hijos. 

Para llevar bien esta gran responsabilidad, es conveniente conocer cuáles son los errores más comunes que cometen los padres a la hora de realizar los deberes con sus hijos y cómo solventarlos. Carmen Guaita, profesora y vicepresidenta del sindicato de profesores ANPE, explica los fallos más habituales y ofrece las claves para realizar con éxito estas tareas: 

1. Hacer los deberes en cualquier sitio, en la cocina mientras se prepara la cena; en el cuarto de estar mientras otros ven la tele…

En su lugar: Procurar que el «momento deberes» sea importante para la familia: en un lugar fijo, es mejor si es su propio rincón de estudio. Si no se dispone de él, en un ambiente de silencio y trabajo general en la casa, sin distracciones, sin tele... «Debemos demostrar que nos los tomamos en serio —dice Guaita—. Si mientras los chicos trabajan, papá o mamá leen o también trabajan estaremos mandando un buen mensaje». 

2. Protestar como adultos sobre la cantidad o calidad de los deberes.

En su lugar: Aceptarla realidad. «Los deberes son los que son y los que tocan. Si vemos que sobrepasan a nuestro hijo, debemos acudir al centro educativo para notificarlo, pero en casa se debe respetar todo lo posible la decisión del profesor. Estamos preparándoles para la vida, y en la vida habrá mucho trabajo y esfuerzo», afirma la profesora. 

3. Hacerlos nosotros.

En su lugar: Realizar las tareas escolares de los hijos ni aumenta su capacidad de trabajo ni su disciplina, ni les hace aprender nada nuevo. «El sentido común, la gran herramienta que todos los padres tenemos aunque a veces no le hagamos caso, ya nos lo está diciendo». 

4. Entender los deberes solo como nuevos aprendizajes de conocimientos.

En su lugar: Los deberes escolares son refuerzos para el aprendizaje y, sobre todo, una ocasión para aprender a trabajar de manera autónoma. Los padres pueden explicarles las dudas, pero mucho más razonable es ayudarles a encontrar la respuesta que buscan: en sus propios libros de texto, en internet… 

5. Convertir los deberes en el «momento regañina» de cada día.
En su lugar: Convertir el tiempo de hacer deberes en un tiempo de paz y tranquilidad. Si el alumno tiene dificultades, puede y debe consultarlas con sus profesores al día siguiente. Es muy perjudicial crear en casa ansiedad ante lo relacionado con la escuela. 

6. No tomar en serio su necesidad de presencia y apoyo.

En su lugar: Soltar el smartphone y estar disponibles para ellos, mirándoles y escuchándoles cuando así lo requieran.

7. Imponer un control absoluto.

En su lugar: «Si quieren que les tomemos la lección, debemos hacerlo. Si les ponemos nerviosos o ellos nos ponen a nosotros, es mejor confiar en su responsabilidad. Y decirles en voz alta que confiamos en ella», dice Guaita. 

8. Evitar el diálogo con los profesores.

En su lugar: Potenciar el diálogo y la colaboración con los profesores y consultarles si hace falta alguna ayuda suplementaria. 

9. Permitir que afronten las tareas escolares agotados ya de tareas extraescolares.
En su lugar: Las actividades extraescolares son necesarias pero no pueden ser obsesivas. Los alumnos pueden tener demasiadas modalidades: deporte, idiomas, música, ajedrez… todo a la vez. Es mejor adecuarlas a la personalidad e intereses del hijo y permitir tardes en las que solo haya que jugar en casa y estudiar. 

10. Ser anárquicos.

En su lugar: Los deberes son, sobre todo, un aprendizaje del trabajo autónomo y la autodisciplina. Para Guaita, «les ayudamos si les animamos a establecer un tiempo mínimo y máximo, siempre a la misma hora, en el mismo sitio, siempre con el móvil apagado. Todo tiene su momento es un gran aprendizaje para un niño pero son sus padres quienes deben mostrárselo. También con el ejemplo». 

Cómo organizar el tiempo de los deberes 

A cada edad su tiempo.

 Con 15 minutos es suficiente para que los más pequeños lean o ejerciten cálculos matemáticos. De 6 a 8 años: entre 30 y 40 minutos. De 8 a 10 años: una hora. A partir de esa edad: entre 60 y 90 minutos. En Bachillerato: entre dos y tres horas. 


Establecer una hora de comienzo y otra de finalización. 

Hacer una pausa de entre dos y diez minutos cada hora de estudio. 

No empezar por la asignatura más difícil. Pasados 30 minutos es cuando los niños alcanzan su máximo rendimiento. A la hora y media, el rendimiento disminuye. Deben afrontar las asignaturas más fáciles. 

A partir de los 6 años ya son autónomos para empezar a hacer los deberes solos. 

domingo, 18 de noviembre de 2012

Cómo negociar con los hijos un horario de regreso a casa


Artículo aparecido en ABC 

Las salidas con los amigos y la hora de llegada a casa son los primeros reclamos de independencia de la adolescencia, una etapa clave que se extiende de los 12 a los 18 años. Es entonces cuando suelen surgir los primeros roces en la familia. En ambos casos se pueden alcanzar acuerdos entre padres e hijos, pero a los chicos no hay que dejarlos campar a sus anchas. «Los límites deben seguir vigentes. No tenerlos les crea más ansiedad», afirma Francisco Saborido, jefe del equipo de Familia de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD). 

Ante esos primeros reclamos hay que empezar a actuar. «Entre los 15 y 17 años es una edad difícil, muestran mayor afán de independencia y rebeldía», asegura Gerardo Castillo, profesor del departamento de Educación de la Universidad de Navarra. Todo comienza un poco antes. «Sobre los 14 añosya solicitan un espacio para ellos. Quieren ir a la bolera o al cine con sus amigos», dice Ángel Peralbo, psicólogo y autor del libro «El adolescente indomable». Y en esas primeras salidas, como en las que vendrán después, establecer un horario de llegada a casa garantiza la tranquilidad familiar. 

El trabajo corresponde a los padres. Hay que concretar un horarioacorde con las actividades del hijo (estudios, deporte..) y con un estilo de vida saludable; comunicárselo en el momento oportuno(no cuando esté enfadado), y ser conscientes de las consecuenciasy hasta dónde vamos a negociar con él. El horario se adaptará a su edad y madurez (hay chavales que basta con sugerirles una hora de llegada). Y además tener en cuenta las circunstancias espaciales(transportes, lugar de residencia). Estos son algunos consejos para lograrlo: 

¿A qué edad comienzo a negociar un horario? Sobre los 14-15 años ya están preparados 

A esa edad se les debe exigir que cumplan con una dinámica familiar y a cambio se les respeta las nuevas experiencias. Los pactos deben ser serios y claros, e incluso escribirlos en un documento, explicando las consecuencias de no cumplirlo. Así no hay lugar para ambigüedades. No se negocia minutos antes de salir, ni durante una discusión ni cuando haya habido un conflicto reciente que no se haya resuelto. Como orientación: con 14 años, a las 21,30 horas en casa (de forma excepcional, a las once); a los 16, a las 22,30 h (a la 1 de la madrugada), y con 18 a las 24 horas (a las 3 o 4 de la madrugada). 

¿Cómo actuar si llega veinte minutos tarde? Todo tiene sus consecuencias 

Hay que escuchar sus explicaciones, pero estas no le eximen de su retraso. Los adolescentes se despistan de la hora muchas veces, otras veces intentan arañar unos minutos más. Al día siguiente, debe entender que todo tiene sus consecuencias. Por tanto, en la próxima salida debe llegar antes. Si los retrasos son reiterados: no dejarle salir el fin de semana siguiente. 

¿Se puede ser flexible? Hay excepciones, pero que no se conviertan en rutina 

Los horarios son estables. De forma muy excepcional, ante un acontecimiento importante, como un cumpleaños, el horario se puede flexibilizar. Pero hay que tener cuidado, porque los chavales intentan convencernos de que cada fin de semana hay una celebración importante. Las excepciones no son rutina. 

Si nunca respeta su hora, ¿qué hacer? Plantear nuevos retos 

Esa conducta se ha ido fraguando poco a poco. Los padres deben preguntarse por qué, ya que quizá hayan cometido fallos. Por ejemplo: fueron cediendo por falta de fortaleza o por comodidad. El problema no se resuelve en un día. Hay que dialogar con el hijo con argumentos y proponerle el reto de regresar poco a poco al horario inicial, ganando media hora cada noche. Si no funciona: obligarle a levantarse al día siguiente a la hora que debe para dejar libre su habitación. Si solo duerme cuatro horas, se lo pensará mejor. 

¿Qué tener en cuenta cuando salga de casa? Con quién va, a dónde y cuánto va gastar 

No hay que perder de vista ninguno de esos datos, que nos facilitarán nuestros propios hijos. Hay que ganarse su confianza. Una manera de estar tranquilos es conociendo a sus amigos, los sitios que frecuenta el grupo, saber en qué ambientes se mueven... Eso ayudará a los padres a conocer los problemas que se pueden encontrar. Un capítulo también importante es el dinero que gastan, hay que limitárselo para que aprendan a valorarlo y no se conviertan en personas consumistas. 

¿Puedo llamarle al móvil para saber dónde está? Los padres deben controlar a los hijos, pero ellos no deben sentirse controlados 

Los adolescentes se deben responsabilizar de llamar a los padres, por tanto hay que evitar hacerles la típica llamada de teléfono preguntando dónde está y con quién. Los chicos tienen que sentir que controlan sus nuevas experiencias. Si han llegado a la hora y en buenas condiciones durante un tiempo, tampoco es necesario fiscalizar porque sienten que no tienen libertad. 

¿Debo pedirle los teléfonos de los amigos y de sus padres? Sí, los chicos son vulnerables y corren riesgos 

Imprescindible. No solo como medida de seguridad, sino también porque muchos intentarán dormir en casa de otro amigo, y eso hay que comprobarlo. Incluso es importante hablar con los padres de los amigos de nuestro hijo y fijar una hora de regreso a casa para todo el grupo. Los chicos siempre nos dirán que sus amigos llegan más tarde. Y es problable que sea mentira. 

¿Cómo alcanzar un acuerdo? Dialogar y escuchar con paciencia 

No se debe buscar un diálogo entre iguales. Conviene llegar a un acuerdo, pero no por consenso. La cuestión no es evitar un conflicto por la vía fácil, sino dar criterio, educar. La participación de los hijos (su opinión) unida a las respuestas respetuosas de unos padres que les hacen pensar, les ayudará a entender la conveniencia de un horario. Pueden servir argumentos como: una casa no es un hotel y un horario no es una limitación de libertad, sino un medio para facilitar la convivencia. 

¿Le recuerdo que no se suba a un coche si el conductor ha bebido? Evitar los mensajes de última hora 

Esa insistencia momentos antes de que se marche resulta contraproducente. Esos mensajes de advertencia (no conduzcas si bebes, ten cuidado con las drogas...) hay que introducirlos en la comunicación con los hijos de forma más didáctica y natural, por ejemplo, al hablar de terceros o de una noticia. 

sábado, 10 de noviembre de 2012

25 de noviembre


VIOLENCIA DE GÉNERO 

En 1975, Naciones Unidas fue el primer organismo que señaló la gravedad de la violencia ejercida contra las mujeres. 

En 1980 se reconoció que la violencia contra las mujeres es el crimen encubierto más frecuente en el mundo. En 1993 la Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre Derechos Humanos reconoció los derechos de las mujeres como derechos humanos y, en consecuencia, definió el uso de la violencia como una violación de tales derechos. La violencia sexual es la violencia que ataca los derechos fundamentales, la libertad individual y la integridad física de las mujeres. 
La Asamblea General de las Naciones Unidas en 1993, aprobó la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra las mujeres que en su artículo primero define la violencia contra las mujeres como aquella basada en el sexo y dirigida contra la mujer porque es mujer o que le afecta de forma despreocupada. Se incluyen actos que infligen daño o sufrimiento de índole físico, mental o sexual, incluidas las amenazas de tales actos, la coerción o las privaciones arbitrarias de libertad, ya ocurran en la vida pública o en la privada. 

En España, la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, define la violencia de género como todo acto de violencia física y psicológica, incluidas las agresiones a la libertad sexual, las amenazas, las coacciones o la privación arbitraria de libertad (artículo 1). La violencia ejercida contra las mujeres por el mero hecho de ser mujeres es el símbolo más brutal y evidente de la desigualdad, existente en nuestra sociedad, entre hombres y mujeres. 

La violencia de género es un problema estructural, no tiene que ver con situaciones aisladas de violencia sino que un factor de riesgo, para ser víctima de este tipo de violencia, es ser mujer, independientemente del nivel social, económico o educativo. Es una violencia producto de un sistema social, económico e ideológico que ofrece oportunidades desiguales a mujeres y hombres. Esto supone para las mujeres una destribución desigual de los recursos, menores oportunidades para las mujeres y menor presencia de ellas en los espacios de toma de decisiones. 

La violencia de género no es casual y sustenta las relaciones de poder patriarcales y la situación de desigualdad entre hombres y mujeres que se deriva de ellas.